Nunca había visto membrillos naturales hasta lo 17 años. No sé de dónde pensaría que se hacía el dulce de membrillo, pero sí es seguro que cuando vi un árbol de membrillos y los propios membrillos colgando de él me sorprendí y bastante. Ahí tomé conciencia acerca del origen del dulce de membrillos: una fruta.
La analogía entre mi sorpresa ante los rozagantes membrillos de aquel verano en Mina Clavero y mi intención de tener un blog estéticamente ordenado es bastante similar: no sé cómo pensé que se haría, pero estuvo claro que no era tan sencillo. Y como realmente añoraba un blog con cuya estética me sintiera más identificada, acudí a la varita mágica de Adorable y Maira, a través de una de sus plantillas prediseñadas logró el encantamiento perfecto para que mi espacio luciera los colores que quería darle y el aspecto de apacibilidad que deseaba transmitir.
Así que este post oficia de presentación en sociedad del nuevo aspecto de Álamos ventosos: colores otoñales, la calma del viento meciendo los árboles y las canciones que se cuelan entre las hojas secas. ¿Qué mejor, entonces, que esta receta de membrillos de otoño para acompañar?

